lunes, julio 03, 2006

Dime cuándo tú

Kira Kariakin

Queridaaaaaaa!!!
El sollozo se le convirtió en una convulsión y casi choca cuando Juan Gabriel atacó las notas más altas. Cada vez que el corazón se le reventaba por culpa de Ildegardo, Juan Gabriel salía al auxilio para drenar el sufrimiento y luego transformarlo en esa rabia útil que la hacía ver las cosas más fríamente. No era fácil manejar en ese estado de dolor, pero tenía que dar vueltas para calmarse antes de llegar a la casa. No todo el mundo sabía de las sinvergüenzuras del Ildegardo. Él, con su carita de yo no fui, vivía tratando de meterse entre las piernas de toda carajita; y ella, resignada, se lo calaba.

Cada momento de mi vida, yo pienso en ti más cada díaaaaa!

¿Por qué Ildegardo la trataba así? Ella siempre había sido, no sólo buena esposa sino su cómplice para los tejemanejes en el partido, para las campañas, era hábil para lidiar con los compañeros y sus intrigas, y eso lo había ayudado. Pero ahora que estaba de segundo en la gobernación andaba desatado. No tenía ni la decencia de pagar sus escapadas en efectivo. Veía los nombres de los moteles como una bofetada en los recibos de las tarjetas. Lo confrontaba y él se hacía el loco. Ella se descobraba con unos buenos tarjetazos para borrarse la injuria de los recibos y no se mencionaba el asunto. La sola vez que decidió dejarle, no aguantó cuando se le apareció con los mariachis cantándole Querida, creyéndose completo el show que le montó. Y volvió para no dejarlo más, y aunque seguía en sus andadas siempre era discreto. Pero esta vez, esta vez…

Mira mi soledad…
Esa tarde había cancelado la cita en la peluquería para irse con Zuly a tomarse un café en ese sitio nuevo en Las Mercedes. Desde que Ildegardo estaba en la gobernación, se daba gustos como peluquearse cada semana, y para mantenerse en la pelea más de 3 cirugías le habían resuelto pequeñas arrugas y rollitos de autoestima, eso sin contar con el carro nuevo que le regaló en su cumpleaños… Pero nada más entrar al café y sentarse, lo vio en el rincón del fondo con una mujercita que podía ser su hija (porque mayor que Marianita no era), metiéndole en la boca un trozo de “Selva Negra” con esa cara de baboso que pone cuando anda con los quesos a millón. Le dio asco. Medio gordo, medio calvo, con su peor flús, y la niña con la boquita abierta recibiéndole el pedazo de torta. En segundos se pasó la película de su marido y la bichita en la cama con la boca golosa tragándoselo a él.

Mira mi soledad…
Ella era arrecha aunque no lo pareciera. Se resteaba con su vocecita en las reuniones del partido por Ildegardo y le había salvado la cara unas cuantas veces. Sabía que los compañeros resentían que ella fuera así porque sus mujeres, nada que ver, una cuerda de pendejas que no se metían en nada. Pero allí en el café, se quedó en blanco y casi se cae de la silla. Zuly la tenía a medio camino hacia la puerta cuando Ildegardo se dio cuenta, mientras la carajita seguía con la torta sin enterarse. Ilde la miró sin vergüenza, como ¿bueno, y qué? Zuleida la terminó de sacar de allí mientras le decía mil cosas que no entendía montándola en el carro. De repente, reaccionó y se arrancó dejando a la Zuly atrás a punto de abrir la puerta para montarse con ella.

Que no me sienta nada bieen!
Tuvo que pararse en el hombrillo de la autopista y poner las luces de seguridad. Abrió la ventanilla y vomitó. El retrovisor la devolvía con el maquillaje y las lágrimas embarrándole la cara. Ella era la pendeja. Se pasó una toallita húmeda, se empolvó, se reaplicó perfume para quitarse el mareo y llamó a Zuleida para disculparse por haberla dejado así, que la llamaba luego.

El “luego”, se convirtió en más de una semana en que sintió que podría ver a Zuly de nuevo. No podía aguantar el sentimiento de humillación. La Zuly se dedicó a contar el asunto y por lo visto tenía tiempo regando sus confidencias. La habían llamado para advertirle. La miró, ponderándola. Demasiada casualidad, haberse topado con Ildegardo y su percusia y que Zuleida le hubiera sugerido ir a ese sitio. Ahora la veía clarito. Pero no le iba a dar el gusto. Le mostró la mano vestida con el anillo de un zafiro azul rodeado de diamantitos montados en oro blanco, custodiando el de matrimonio. ¿Pero bueno, y con eso, lo perdonaste? Se quedó mirando el anillo nuevo y luego miró a Zuly. No, nada que ver. Ildegardo de verdad está arrepentido. El gobernador me echó una ayudadita hablando con él. Le dijo que había visitado al gobernador y también al presidente del partido y que ambos se comprometieron a ayudarla como amiga que era y en reconocimiento por todos los aportes que había hecho en la lucha por ganar el gobierno al lado de Ildegardo. Le dijo que ellos le recordaron a Ildegardo que él le debía demasiado a ella y que por encima de todo le debía respeto porque era la madre de sus hijos, y que tenía que hacerse perdonar y mantener a su familia unida como ejemplo dentro de las filas del partido. Que la gente estaba hablando de lo de sus indiscreciones y que sobre todo ahora, él tenía que estar a su lado, porque la iban a postular a la Asamblea como diputada por el estado. Que fuera a su casa a cuidarla porque mujeres como ella eran difíciles de conseguir. Que ellos entendían que él tuviera debilidades pero todo tenía un límite. Zuly le balbució desconcertada que entonces se alegraba por ella y se despidió al poco rato, dejándola sola.

Querida, hazlo por quién más quieras tú, yo quiero ver de nuevo luz, en toda mi casa
Claro que eso no fue lo que pasó. A Ildegardo le dijeron que si él no hubiera sido tan cómodo y dependiente de su esposa para las cosas del partido, ella no se hubiera enterado de lo que no debía y que si no estuviera entrometida todo el tiempo en su carrera no tendría los documentos de los negocios de la gobernación a buen resguardo. Se lo pusieron directo: o mantenía la bragueta cerrada o iba a terminar desgraciado porque su mujer con su cara de mosquita muerta iba a joderlos a todos, incluyéndolo a él. Y que se olvidara de las próximas elecciones, que la postulada a la Asamblea iba a ser ella, que esa era la condición que había puesto y que se lo iba a tener que calar si quería seguir teniendo alguna vida política porque ella los tenía a todos prensados por las bolas. Por último, son órdenes de arriba, le dijeron. Y así, derrotado, Ildegardo se lo contó. Le dio el anillo, mirándola raro, y no le reclamó nada. Ella le respondió preguntándole qué quería para cenar.

Oh, Oh, Querida!...
Y por supuesto, no habían sido ese anillo, ni los viajecitos, ni participar discretamente de los manejos de poder en el partido, ni siquiera el estatus político y social que con los años había ganado del lado de Ildegardo, los que la motivaron a hacer lo que hizo. Había querido a Ildegardo, era el padre de sus hijos, pero ahora lo quería como se quiere a un perro para patearlo. Se le presentó chiquitico cuando volvió a la casa cuatro días después del papelón que la hizo sufrir, apaleado por la reunión en la sede del partido. La jodida que él le había aplicado a ella toda la vida había sido demasiada y ahora se la estaba cobrando. Tanto sacrificio para que siempre terminara revolcándose con otra. No le habían servido de nada los estirones, las tetas nuevas, ni la última lipo. Ildegardo como si nada. Lo del café había sido la gota extra.

Esa cosa de la rutina que da miedo romper, la seguridad de lo predecible, lo de la costumbre más fuerte que el amor, eran parte de la atadura que la había mantenido con Ildegardo. Y ahora que tenía la certeza de que su vida continuaría siendo un íntimo y permanente despecho, no le quedaba otra alternativa que capitalizarlo. La rabia ya no era efervescente y esporádica, sino oscura y densa. Permanente.

Dime cuándo tú, dime cuánd...
Y con ese pensamiento, dio un último suspiro de nostalgia, apagó la música, sacó el CD de Juan Gabriel y lo partió en dos. Se sentó delante de su laptop nueva a pulir la estrategia para la campaña a la Asamblea. El asesor asignado por el partido estaba esperando por el documento. Se iban a encontrar en la tarde en el mismo café en Las Mercedes… Nada mal, ese culito.

7 Comments:

Anonymous Anónimo said...

EXCELENTE Kira, eso solo lo pudo escribir una mujer inteligente q sabe y conoce de mujeres, de amores de desenganos y enganos. Asi es la vida y no hay q menospreciar la inteligencia, el valor y la sangre fria de una mujer humillada y subvalorada, eso q dicen mucho, pobrecita, como la enganan, no es mas q menosprecio, pienso q al final, la mayoria de las veces las mujeres sabemos cobrar un agravio y la humillacion de ser menospreciada nuestra inteligancia, los hombres nunca van a conocer la esencia misma de la mujer, porque no somos tan viscerales, tan predecibles, como ellos, la mujer es inteligente, pasinal, desafiante, perdona, pero no olvida y sobre todo es vengativa, asi q esos bandidos q creen q se la saben todas, estan perdidos cuando comparten sus vidas con una mujer inteligente q cuando decide no aguantar mas, tiene poderosas armas para cobrar cualquier agravio, las armas q le da, el hecho de observar y conocer las debilidades de su pareja. Mosca pues.

7:36 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

comentario de cachapera!

9:07 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

JAJAJA, GRACIOSO, SERE CACHAPERA, PORQUE ME ENCANTAN LAS CACHAPAS, SOBRE TODO DE MAIZ BLANCO, BIEN DILCITAS Y SUAVECITAS JEJEJE, BIEN SEGURO Q ESE ANONIMO ES DE UN HOMBRE Q SE SINTIO ALUDIDO JEJEJE.

8:56 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

yo simpatizo con el primer comentario, todos los hmbrs son unos desgraciados...

Por eso y me quedo con la mujeres...

11:49 a. m.  
Anonymous Mariachis Bogotá said...

Felicitaciones por este articulo, expresa de una manera clara y concisa la importancia de este tema

11:32 p. m.  
Anonymous Mariachis Bogotá said...

Felicitaciones por este articulo, expresa de una manera clara y concisa la importancia de este tema

7:00 a. m.  
Anonymous Mariachis Bogota said...

Excellente publi.

11:10 a. m.  

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