lunes, julio 03, 2006

Domingo amaneciendo

Roberto Echeto

La sábana revuelta cubría casi todo el cuerpo dormido de Mayo. Ella respiraba como arrullada por una canción íntima que nadie más se sabía. A sus pies Máximo era puro ronquido, puro furor de perro que sueña con un hueso, con una pelota, con una felicidad sólo conocida por los perros de aquí y de todas partes.

Con la cobija moldeándole la existencia, Mayo fue emergiendo de su sueño abismal. La luz del alba cambió el color del cielo, el tamaño de las nubes y el rumor de las cosas... La vida entera cambió su halo a noche por una mañana de rocío. Afuera los pájaros volaban en bandadas cantoras capaces de traer a la vigilia al más dormido. Mayo salió del sueño, cobró conciencia de sí misma y se dijo lo que todas las mañanas se decía: una cama es una máquina que permite el paso de un día a otro día; un artefacto que te transporta de este mundo a otro mundo, a un mundo que puede ser el del sueño o el de la muerte... Cuando Mayo terminó de rumiar en su conciencia semejante pensamiento, oyó algo raro. No era el típico ruido mañanero de todos los días. Era otra cosa que sonaba a felicidad, a felicidad ajena, a felicidad de otros, a felicidad de los vecinos que viven en la casa de al lado y que son un par de médicos oftalmólogos que se quieren mucho. Mayo sabía muy bien a qué sonaba el amor alegre porque hacía rato que no lo oía en su vida... Entonces hizo un grave esfuerzo, se envolvió lo mejor que pudo entre las sábanas y las cobijas de su cama mullida y se paró frente a la ventana. Ni siquiera los tres o cuatro estornudos que pasmaron su cuerpo y su nariz le impidieron lanzar un grito de sorpresa ante lo que sus vieron sus ojos. En el jardín de su vecino Sereno había algo raro, algo que no cuadraba. Mayo corrió un poco el vidrio para darle voz definitiva al prodigio que sin ninguna vergüenza estaba fisgoneando. Era un poderoso cuarteto de mariachis que Sereno le había traído a su novio Camilo a las cinco y media de la mañana.

Los mariachis comenzaron a pulsar las cuerdas de los guitarrones, las válvulas de las trompetas y la fuerza de los vozarrones que a coro cantaban:

«Yo sé bien que estoy afuera,
pero el día en que yo me muera,
sé que tendrás que llorar...»

Y Mayo no hacía sino reírse al susurrar el coro de la vieja canción inmortalizada por don Pedro Vargas.

Mayo se reía pensando que, sin saberlo, aquellos mariachis le cantaban una ranchera a un hombre que vivía una vida conyugal con otro hombre, y semejante situación nunca había aparecido en ninguna película del cine clásico mexicano.

A partir de ese pequeño aserto, Mayo intuyó lo que pasaría más tarde... Por eso entró al baño, se cepilló los dientes y se puso algo medianamente apropiado para salir a la calle.

Afuera y en su propio jardín, Sereno sonreía feliz de la vida cantando junto al mariachi. De El Rey pasaron a La Paloma; de La Paloma pasaron a Volver; y de Volver a Las Mañanitas. Cuando concluyeron esa canción típica de cumpleaños y de enamorados pajizos, Camilo salió a la puerta de la casa a abrazar y besar a su amado... Más vale que no... Cuando los mariachis vieron que la serenata era de un hombre para otro hombre, se molestaron.

―¡Ay, compadre! Aquí se corrió la arruga... Esto sí que no lo hacemos nosotros ―dijo el mariachi del guitarrón. Era un gordo viejo y entero que dejaba traslucir vigor y salud en cada una de sus palabras.
―Vamonós pa’ que llamen a Juan Gabriel ―replicó el flaco trompetista de bigotón platinado.
―¡Esta vaina es el colmo! Lo llaman a uno para enamorar pargos... ¡No joda, si esto sigue así, me encierro en mi casa y no toco más nunca! ―Exclamó el violinista que era un zagaletón lampiño y barrigón de ojos achinados.
―Las burlas están de más, ¿oyeron? ―Soltó Camilo con mal humor.
―Ayy, papi ―susurró un mariachi gordito que también traía su trompeta entre manos.
―Un momento, caballeros ―reclamó Sereno con sobriedad―. ¿Yo les pagué lo que me pidieron, no?
―Sí, amigo, pero esto no es normal...
―Yo pagué por mi serenata, y si a mí me da la gana de traerle una serenata al perro, eso es problema mío.
―No, compadre ―dijo el viejo del guitarrón―. Ud. se equivoca. Trayéndole serenatas a gente como usted y su amigo nos estamos jugando nuestro prestigio... Así que coja su lana y quédese con su caramelo.

Acto seguido el viejo puso su instrumento en la suave grama del jardín y sacó de su bolsillo un fajo de billetes enrollado con una liga de goma. Con firmeza se los tendió al pobre Sereno que miraba al mariachi con una mezcla de rabia y frustración.

―No, amigo, esa plata ya es suya. Ustedes tocaron mi serenata y ahora se me van.
―Mire, joven, no haga que me inflame porque la puede pasar muy mal. Agarre sus billetes y nosotros nos vamos por donde vinimos. Hágase de cuenta que usted puso un disco y se contentó con su socio. A nosotros no nos meta en sus líos... Vamonós, muchachos... Vamonós a tocar adonde se pueda.

Los cuatro mariachis salieron mirando las piedras y las hormigas. Los tres más jóvenes rezongaban frases de burla, pero no se atrevieron a decirlas en voz alta. Tal era la autoridad que emanaba del viejo guitarrón.

En la puerta de la casa de Sereno y Camilo estaban Mayo y Máximo. El perro olisqueaba rincones, levantaba la pata y soltaba chorritos de orine cada dos pasos.

―¿Qué pasó? ¿Se fueron? ―Preguntó la buena vecina que venía a darle ánimo a los dos oftalmólogos heridos.
―Se fueron ―dijo Camilo con despecho...
―Te los había traído por tu cumpleaños y para que te contentaras conmigo...
―Gracias... Pero ya me había contentado...
―Bueno, muchachos, yo me devuelvo a mi cama... Nos vemos más tarde.

Y cuando Mayo regresaba a su casa vio la camioneta de los mariachis alejarse por la calle todavía arrullada por las voces del amanecer.
(De Breviario galante)

2 Comments:

Anonymous Mariachis Bogotá said...

Siempre es bueno estar actualizado y enterado gracias y sigan publicando

8:41 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

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9:00 a. m.  

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